El primer recuerdo del cual tengo memoria, es uno en el cual me encuentro cargado en brazos de mi tía Lucy, contemplando, asombrado, la piscina del Centro Recreacional Huampaní. Debería de tener en ese entonces, poco más de un año.
Siempre pensé en las razones por las cuales precisamente ése era mi recuerdo primigenio. Debe ser porque pocas experiencias pueden ser más intensas que la de ser llevado tiernamente en los brazos de alguien. La tía Lucy, en mis años de infancia, fue una tía muy querida y muy presente en mi entorno familiar en aquel entonces, pero su carácter estricto generaba ciertos sobresaltos cuando estaba de visita por casa. por otro lado, lo que más recuerdo de Huampaní es la laguna donde echábamos trozos de pan a los patos, más no la piscina, donde creo que íbamos muy pocas veces. De modo que, descartado el personaje y el entorno, no me queda más que el sentimiento para explicar el por qué de su pervivencia en mi memoria.
Huampaní es un lugar que estuvo siempre presente en el escenario familiar, al menos durante los tiempos de infancia. Mis papás pasaron su luna de miel allí. En la década del 60, era casi el único lugar de recreación de la Carretera Central, el resto de lugares estaban más lejos y/o eran clubes privados.
Ibamos de paseo a Huampaní los domingos (en mi recuerdo creo que era todos los domingos) y, además de mis papás y hermanos, nos acompañaban el abuelo Eduardo, la abuela Rosa y la tía Lucy y la tía Concho. Cómo entraríamos en el Volvo de mi papá? Ni idea, en todo caso, mi única preocupación en ese entonces probablemente fue pelearme con mis hermanos por ver quien se sentaba en las faldas del abuelo.
Luego de recorrer por la Carretera Central un camino donde el paisaje era el de los paredeones de adobe que escondían chacras llenas de campos de cultivo, vacas pastando, la ribera del río Rímac y el sol que aparecía radiante a la altura de Ñaña, la proximidad a Huampaní nos era revelada por la visión de una cascada que, a lo lejos, se veía de aguas inmóviles y blancas como la leche. Debí de haber preguntado alguna vez a la tía Concho sobre esa tripa blanca que bajaba desde las alturas de un cerro y la respuesta de ella fue que efectivamente era leche. Le dije entonces que sería bueno ir allá y recoger un poco para llevarla a la casa y ella replicó que era buena idea, pero que no teníamos un balde para recogerla y que la próxima vez que fuéramos, llevaríamos uno. Debieron haber pasado algunos paseos más en los cuales a medio camino me acordaba que habíamos olvidado por enésima vez el bendito balde (ahí estaban los baldes de playa que tan útiles podrían ser para el lechoso propósito), hasta que un generoso día mi memoria se iluminó justo cuando nos embarcábamos en el auto para ir a Huampaní, así que rápidamente le dije - Tía, el balde, la leche!.- Ya me disponía a subir a mi cuarto a toda carrera para traerlo y la tía sapa me dice que ya era tarde, que mejor para la próxima.
Despues de eso, ya no me interesó la leche de Huampaní, sobretodo cuando, algún tiempo despues, supe que era agua.
El viaje no era largo, pero como el reloj biológico del niño corre más rápido, a mí me parecía una eternidad, así que los adultos tenían, forzosamente, que dedicar parte de su tiempo a entretener a los criters. Hoy mis hijos tienen televisor en el auto, juegos electrónicos y demás. En ese entonces, los adultos tenían que recurrir a la palabra, en forma de chiste, cuento, adivinanza, trabalenguas. Sobre estos últimos recuerdo uno que era corto, no tenía sentido en su formulación y que parecía fácil de decir, pero que siempre constituía un reto. El trabalenguas consistía en repetir, la mayor cantidad de veces, la expresion Del pato al pozo, del pozo al pato. Concursábamos todos, grandes y chicos. Bueno pues, le llegó el turno a la tía Concho quien, con espíritu competitivo, primero consideró prudente practicar, repitiendo lentamente del-pa-to-al-po-zo-del-po-zo-al-pa-to, en un esfuerzo por domesticar su lengua a las directivas de su mente. Hizo una breve pausa y comenzó: -Del paso al poto!. Hasta ahí llegó, o si siguió, ya nadie le prestó atención porque todos estaban riendo, incluída la severa tía Lucy que, con sus carcajadas, tácitamente nos dió licencia para festejar la grosería que la tía Concho acababa de decir.
Hoy que reflexiono sobre esta tonta anécdota, considero la posibilidad de que la tía hubiera decidido, de forma deliberada, fallar estrepitosamente y quedar última en el peculiar ranking de esa competencia, pues más valía hacer reir a los demás que quedar primera. Y ello me hace acordar que hace no mucho, jugaba con mi hijo Nicolás este popular juego de cartas que se llama Uno. Nico es muy competitivo y no le gusta perder nunca, aunque con el tiempo ha parendido a dominar sus impulsos. Se me ocurrió en un momento, mientras barajaba las cartas, intercalar las mismas, de modo que, al repartirlas, él tuviese en su mano todas las así denominadas, cartas de ataque. Mientras las repartía, veía como se iban abriendo sus ojos, como se ponía colorado de la excitación de ver qué suerte increible era esa que le dispensaba una mano para la historia de Uno. Nico supo usar bien sus cartas, de modo que me dio una tanda de la que hasta ahora se acuerda y de la que, imagino, nunca se olvidará.
Perdí estrepitosamente en el juego pero gané un espacio en sus recuerdos, así como, hace muchísimos años, la tía Concho en el mío. No fue mal negocio despues de todo, no?
Siempre pensé en las razones por las cuales precisamente ése era mi recuerdo primigenio. Debe ser porque pocas experiencias pueden ser más intensas que la de ser llevado tiernamente en los brazos de alguien. La tía Lucy, en mis años de infancia, fue una tía muy querida y muy presente en mi entorno familiar en aquel entonces, pero su carácter estricto generaba ciertos sobresaltos cuando estaba de visita por casa. por otro lado, lo que más recuerdo de Huampaní es la laguna donde echábamos trozos de pan a los patos, más no la piscina, donde creo que íbamos muy pocas veces. De modo que, descartado el personaje y el entorno, no me queda más que el sentimiento para explicar el por qué de su pervivencia en mi memoria.
Huampaní es un lugar que estuvo siempre presente en el escenario familiar, al menos durante los tiempos de infancia. Mis papás pasaron su luna de miel allí. En la década del 60, era casi el único lugar de recreación de la Carretera Central, el resto de lugares estaban más lejos y/o eran clubes privados.
Ibamos de paseo a Huampaní los domingos (en mi recuerdo creo que era todos los domingos) y, además de mis papás y hermanos, nos acompañaban el abuelo Eduardo, la abuela Rosa y la tía Lucy y la tía Concho. Cómo entraríamos en el Volvo de mi papá? Ni idea, en todo caso, mi única preocupación en ese entonces probablemente fue pelearme con mis hermanos por ver quien se sentaba en las faldas del abuelo.
Luego de recorrer por la Carretera Central un camino donde el paisaje era el de los paredeones de adobe que escondían chacras llenas de campos de cultivo, vacas pastando, la ribera del río Rímac y el sol que aparecía radiante a la altura de Ñaña, la proximidad a Huampaní nos era revelada por la visión de una cascada que, a lo lejos, se veía de aguas inmóviles y blancas como la leche. Debí de haber preguntado alguna vez a la tía Concho sobre esa tripa blanca que bajaba desde las alturas de un cerro y la respuesta de ella fue que efectivamente era leche. Le dije entonces que sería bueno ir allá y recoger un poco para llevarla a la casa y ella replicó que era buena idea, pero que no teníamos un balde para recogerla y que la próxima vez que fuéramos, llevaríamos uno. Debieron haber pasado algunos paseos más en los cuales a medio camino me acordaba que habíamos olvidado por enésima vez el bendito balde (ahí estaban los baldes de playa que tan útiles podrían ser para el lechoso propósito), hasta que un generoso día mi memoria se iluminó justo cuando nos embarcábamos en el auto para ir a Huampaní, así que rápidamente le dije - Tía, el balde, la leche!.- Ya me disponía a subir a mi cuarto a toda carrera para traerlo y la tía sapa me dice que ya era tarde, que mejor para la próxima.
Despues de eso, ya no me interesó la leche de Huampaní, sobretodo cuando, algún tiempo despues, supe que era agua.
El viaje no era largo, pero como el reloj biológico del niño corre más rápido, a mí me parecía una eternidad, así que los adultos tenían, forzosamente, que dedicar parte de su tiempo a entretener a los criters. Hoy mis hijos tienen televisor en el auto, juegos electrónicos y demás. En ese entonces, los adultos tenían que recurrir a la palabra, en forma de chiste, cuento, adivinanza, trabalenguas. Sobre estos últimos recuerdo uno que era corto, no tenía sentido en su formulación y que parecía fácil de decir, pero que siempre constituía un reto. El trabalenguas consistía en repetir, la mayor cantidad de veces, la expresion Del pato al pozo, del pozo al pato. Concursábamos todos, grandes y chicos. Bueno pues, le llegó el turno a la tía Concho quien, con espíritu competitivo, primero consideró prudente practicar, repitiendo lentamente del-pa-to-al-po-zo-del-po-zo-al-pa-to, en un esfuerzo por domesticar su lengua a las directivas de su mente. Hizo una breve pausa y comenzó: -Del paso al poto!. Hasta ahí llegó, o si siguió, ya nadie le prestó atención porque todos estaban riendo, incluída la severa tía Lucy que, con sus carcajadas, tácitamente nos dió licencia para festejar la grosería que la tía Concho acababa de decir.
Hoy que reflexiono sobre esta tonta anécdota, considero la posibilidad de que la tía hubiera decidido, de forma deliberada, fallar estrepitosamente y quedar última en el peculiar ranking de esa competencia, pues más valía hacer reir a los demás que quedar primera. Y ello me hace acordar que hace no mucho, jugaba con mi hijo Nicolás este popular juego de cartas que se llama Uno. Nico es muy competitivo y no le gusta perder nunca, aunque con el tiempo ha parendido a dominar sus impulsos. Se me ocurrió en un momento, mientras barajaba las cartas, intercalar las mismas, de modo que, al repartirlas, él tuviese en su mano todas las así denominadas, cartas de ataque. Mientras las repartía, veía como se iban abriendo sus ojos, como se ponía colorado de la excitación de ver qué suerte increible era esa que le dispensaba una mano para la historia de Uno. Nico supo usar bien sus cartas, de modo que me dio una tanda de la que hasta ahora se acuerda y de la que, imagino, nunca se olvidará.
Perdí estrepitosamente en el juego pero gané un espacio en sus recuerdos, así como, hace muchísimos años, la tía Concho en el mío. No fue mal negocio despues de todo, no?


