Monday, May 29, 2006

Ancón, Ancón, bella bahía, donde dejé mi corazón (Primera parte)

El verano de 1972 fue único. La razón? Mis papás decidieron alquilar una casita en Ancón para pasar allí la temporada veraniega. En aquella época yo tenía seis años y fue la primera vez que pasé un tiempo lejos de mis abuelos y de mi casa de Pueblo Libre.

Ancón en esa época era algo completamente distinto a lo que hoy es. De hecho, era el único balneario de Lima, digno de ser llamado así en aquel entonces. Las playas del sur terminaban en La Herradura, mas allá comenzaba el desierto costero, interrumpido por algunos balnearios constituidos solo por algunas casas, así hasta llegar a Naplo y Pucusana, una caleta de pescadores.

Ancón en cambio, estaba para las ligas mayores. Tenía un malecón enorme, con unas losas con diseños que evocaban las olas del mar (idénticas a las que se pueden ver en algunas calles de Río de Janeiro), una larga fila de edificios con vista al mar, yates y lanchas que rivalizaban en grandiosidad y opulencia (con su Yacht Club incluído). Cada una de las playas (porque no era una sola sino varias) tenía dispensadores de agua para que los veraneantes se limpiaran la arena de los pies cuando terminan su sesión de mar y sol. Tenía estación de ferrocarril (que ya no funcionaba, por cierto), viejas casonas del siglo XIX y una porción de la historia peruana (ahí se firmó el Tratado de Ancón, que puso fin a la infausta Guerra del Pacífico). Había además una iglesia, concurridísima los domingos. Las famosas anconetas, preludio de los taxi-cholos que comenzaron a aparecer en los alrededores de los mercados de Lima a mediados de los noventa, ya circulaban, primorosamente decoradas, por el malecón, paseando a señoronas que, de esa forma, se refrescaban del calor, recibiendo la suave brisa marina. Es más, hasta canción tenía Ancón (que yo sepa, ninguna playa del sur ha superado esta valla, salvo una mención genérica a todos los balnearios del sur, con la canción “Los patos y las patas” de Los Nosequién y los Nosecuantos). No recuerdo el nombre del grupo, pero la letra iba algo así como:

Ancón, Ancón, bella bahía,
donde una vez, me enamore.
Ancón, Ancón, bella bahia,
donde deje, mi corazón.

Por si todo esto no fuera suficiente para marcar la pauta de la enorme distancia del Ancón de los sesentas y comienzos de los setentas, frente a los lugares de veraneo, incluso los actuales, tenía un festival de la canción, similar al de Viña del Mar, en Chile. De hecho, a inicios de la década de los setentas, podría decirse que ambos balnearios estaban en franca competencia, sin que pudiese vislumbrarse cual de los dos terminaría imponiéndose, como el balneario del Pacífico Sur (hoy sabemos quién terminó ganado...).

Como ya mencioné, en aquel entonces yo tenia seis años, de modo que no sabría decir qué edición del Festival de la Canción de Ancón fue la que me tocó presenciar en ese verano del 72. El evento internacional tenía lugar en un anfiteatro que estaba situado próximo a la antigua estación del ferrocarril, colindante con la iglesia, frente al parque Grau (donde los niños mas pequeños paseaban bajo la atenta mirada de sus uniformadas amas, que, a su vez, eran objeto de las atentas miradas de sus pretendientes).

Lo único que recuerdo del festival (al que yo no asistí, no me pregunten por qué, pues yo no manejaba presupuesto propio a esa edad), es haber escuchado, en unos decibeles que en mi vida había escuchado antes, al cantante argentino Rabito, cantando Amarte, amarte una vez más (Soy muy sincero / y joven quizás, / para pedirte / que mires atrás...), mientras que, en plena noche, esquivaba con mi bicicleta a esas sombras ondulantes que a mis ojos representaba la multitud de gente que deambulaba en los alrededores del anfiteatro.

Creo que esa fue la última edición del festival, porque el gobierno del General Velasco, con ese animus jodendi que le tenía a las clases acomodadas, le puso el ojo y el diente a este su balneario (donde no era inusual ver a mozos uniformados llevando aperitivos y bebidas a sus patrones, mientras estos descansaban en la playa) y decretó una política de playas abiertas. La consiguiente marea de gente modesta, que llegaba todos los domingos en caravanas de omnibuses, cargados de ollas, polleras y, sobre todo, de un fuerte sentimiento reivindicativo (es decir, con la frente levantada), fue suficiente para que Ancón comenzara a ser desmantelado paulatinamente por sus hasta entonces exclusivos propietarios. No hay nada que hacer, que Velasco sabía como hacerle la vida de cuadritos a sus enemigos políticos, tanto así que ni después de muerto lo han perdonado.

Yo recuerdo haber sido testigo del choque propiciado por la confluencia en un mismo espacio geográfico de clases sociales que no podían convivir juntas.

Febrero, mes de carnavales, que en el Perú solo sirve para tirar agua a otros sin pedirles permiso. Yo andaba paseando en mi bicicleta, con una indumentaria que no invitaba a desperdiciar globos en tan magro objetivo (a quien se le ocurriría agarrar a globazos a alguien que está en ropa de baño, polo y sayonaras?) y de pronto vi tumulto y gritería. Como buen chismoso precoz, me acerqué y, luego de observar la situación, pude entender de que se trataba: dos muchachitas, de esas que llegaban en ómnibus, estaban paseando en una anconeta cuando, súbitamente, habían sido atacadas con verdadera saña por una turba de chiquillos que, a temprana edad, ya estaban practicando formas de expresar su desprecio por gente que no fuera de su color. Lo peor de todo es que el ataque no había sido de infantería y artillería, sino q4e también había venido desde el aire: algunos globos habían sido lanzados desde lo alto de los edificios, los mismos que, por la velocidad que alcanzaron a causa de la gravedad, ocasionaron algunas contusiones de cuidado. Imagino que al final no pasaría nada, pues la cara de los municipales uniformados, que ya se habían constituido en escena, reflejaba su perplejidad sólo de pensar qué respuesta recibirían al presentarse en el departamento de los padres de estos criters, para acusar su censurable comportamiento (“Oye cholo idiota, anda preocúpate mas bien que tu parentela no deje tiradas las corontas de choclo en la playa, en lugar de venir a fregarme la paciencia! A ver, ahora mismo me das tu numero de identificación, atrevido, para hablar con el alcalde ahora mismo!”).

Ahí me di cuenta que Ancón no era el paraíso para todos los que allí concurrían. Para algunos era un paraíso con los días contados, para otros nunca lo sería. Para mí, simple clasemediero, sí lo fue. Por eso, esos tres meses no se vieron revestidos del manto de angustia que otros niños sentirían, cual contagio de sus mayores, al escucharlos lamentarse acremente que su balneario estaba siendo invadido por serranos; ni tampoco fueron enmarcados por malas experiencias, derivadas de ser maltratado por el color de la piel. Esos tres meses, yo fui Ancón, sólo porque nadie tenía corazón para albergarlo.

En Ancón aprendí a montar bicicleta, requisito obligado para garantizar la diversión, pues ella era el único medio de transporte allí. Sin bicicleta, uno era un simple bípedo en tierra de centauros.

Fue mi hermano Toño, en un arranque de desprendimiento, como si un hipo -de esos que remueven todos los conchos, le hubiera activado sus responsabilidades de hermano mayor, corrió toda una tarde al lado de mi bicicleta, hasta que mi confianza en el dominio del equilibrio en dos ruedas alcanzó niveles de autonomía. A partir de ese momento nadie me detuvo y pude integrarme al grupo conformado por hermanos, primos y amigos, con los cuales íbamos todos los días a la playa y todas las tardes y noches a dar vueltas por todo el malecón, jugando a las escondidas (versión bicicleta) o, simplemente, a dar vueltas.

Tantas bicicletas había en Ancón, que no faltó alguna autoridad municipal que viera allí una mina de oro, así que la idea se materializó en una disposición municipal, por medio de la cual, a partir del verano de 1972, todas las bicicletas del balneario deberían estar registradas (previo pago) y portar su respectiva placa de rodaje (previo pago). Bicicleta no registrada estaría sujeta a embargo inmediato y su propietario, acreedor a una multa. Un grupo de municipales fue encargado de la patriótica tarea de perseguir a los contravinientes de la ley. Como es obvio, la brigada de municipales estaba equipada con bicicletas, con su respectiva placa. Nadie, en el grupo de hermanos, primos y amigos, tenía registro ni placa, de modo que cada paseo por el malecón, era una provocación a la autoridad, la que nos perseguía sin pausa, hasta que nos dispersábamos y huíamos por callejuelas estrechas y poco conocidas, o cruzando por el césped de los parques (añadiendo así una penalidad adicional a nuestra falta de registro, porque estaba expresamente prohibido desplazarse por los jardines, conservados con tanto esfuerzo por la municipalidad), hasta reunirnos nuevamente en la casa, para reir y comentar cómo es que casi nos chaparon y cómo al final salimos victoriosos. Ahora que recuerdo ese temprano gusto por la rebeldía sin motivo ante la autoridad, pienso que la próxima vez que vea en televisión una persecución policial, me tendré que quedar calladito, por no tener autoridad moral para pronunciarme…

Ahora, los paseos en bicicleta no siempre tuvieron final feliz. Aunque nunca fuimos reducidos por la autoridad municipal, si fuimos víctimas de accidentes, producto de choques y caídas.

Dos de ellos recuerdo.

El primero ocurrió una noche en la que yo no había salido, por razones de salud. De pronto se oyó bulla en el primer piso: unas amigas, gorditas bullangueras y chismosillas, llegaron a la casa gritando, casi al borde de la histeria, relatando atropelladamente cómo es que en una curva cerrada del malecón, nuestro grupo se había encontrado frente a frente con otro, cómo es que se había producido un choque mortal, con apilamiento gentes y bicicletas, debajo de la cual había terminado mi hermano Toño, a quien se le había incrustado en la pierna la parte metálica del pedal. Desde el segundo piso lo único que pude saber es que mi papá salió preocupado y apurado y que, al final de cuentas, fuera de que fue cierto que Toño fue el último en ser rescatado de entre los escombros, no hubo sino raspones y contusiones.

El segundo sí fue serio. Si bien el malecón era el lugar privilegiado para nuestros desplazamientos, había ciertas zonas que despertaban nuestra curiosidad. Particularmente, un camino en pendiente, que permitía llegar en auto hasta la parte posterior de las casas y edificios situados en las partes más lejanas del malecón, despertaba nuestra pasión por la velocidad inducida por la gravedad. No íbamos muy seguido porque la preocupación paterna prohibía que circuláramos por zonas de tránsito vehicular. Yo tampoco estuve presente en esa oportunidad, pero me enteré que mi prima Clarita, con bicicleta prestada, había emprendido un descenso endiablado. Una mala maniobra ocasiono pérdida de la estabilidad, nerviosismo y una caída de espanto. Clarita quedó inconsciente, su piel con raspaduras producto del revolcón en el duro pavimento. Años después me enteré que mientras preparaba leche condensada, la lata de leche evaporada sometida a baño maría, estalló, y el líquido hirviente le cayó en el rostro y otras partes del cuerpo. Desde esa época, me hice el firme propósito que con Clarita siempre evitaría compartir tiempo juntos, no fuera a ser que le ocurriera alguna desgracia.

La casa que mis padres alquilaron en ese verano no estaba ubicada en el malecón, sino en las calles adyacentes a la plaza Grau. La arquitectura de esa zona era (es) típica de los barrios de clase media de Lima. En el malecón también había casas de este tipo, ubicadas detrás de los edificios con frente al mar. En la esquina de la cuadra siguiente había una tienda que como bodega era modesta, pero como bar para los pescadores de Ancón era el Olimpo. A veces iba a comprar dulces o galletas allí, y lo que más me llamaba la atención era su su olor a alcohol apelmazado, como si tantos años de consumo de cerveza se hubiera impregnado en las paredes, el piso, las mesas y las sillas, como si el aire de la bodega fuera el mismo de hace veinte años. El aserrín esparcido en el piso del bar (ambiente al que se accedía a través de una puerta de doble hoja, como en las películas del Viejo Oeste) recibía los sobrantes de cerveza de cada vaso y los escupitajos de los parroquianos, que, descalzos y en traje de faena se valían del alcohol para convertir sus magras ganancias del día en la ilusión de un presente que desearían vivir. Por la tarde, salían bamboleantes y congestionados, hipando, los ojos enrojecidos, los labios babeantes y se detenían de rato en rato para discutir con sus demonios, para enfrentar sus frustraciones, para reclamar al circulo vicioso de su embrutecimiento que, parado delante de ellos, se burlaba de saber que al llegar a su casa, le pegaría a su mujer por reclamarle las ganancias del día, maldeciría a sus hijos que llorarían por no tener que comer mientras que él sólo pensaba en dormir, porque al día siguiente, de madrugada, escaparía al mar otra vez, a pescar unas pintadillas, con suerte unos lenguados.

Sólo se calmaban cuando se daban cuenta que los demonios no existían en realidad y que más bien eran un reflejo de ellos mismos, entonces, emprendían de nuevo su camino y cuando se acercaban por nuestra casa, a los gritos de “borracho!, borracho!” escapábamos despavoridos hacia el interior.

Hoy que recuerdo todo esto pienso que siempre he estado en la periferia de todo, incluso desde mi temprana infancia: en la periferia del Yatch Club y en la periferia del bar de los pescadores de Ancón; en la periferia de los exclusivos y lujosos departamentos de los afortunados y en la periferia de las sucias y derruídas casas de los desafortunados. En pocas palabras, en la periferia de la riqueza y de la pobreza.

Gracias a mi situación, he podido alternar con universos diferentes, con bandos enfrentados y que han desarrollado sobre sus opuestos ideas mistificadas, irreales.

Gracias a mi situación, creo que el Perú que conozco tiene más caras que para otros.

Thursday, February 09, 2006

(Paréntesis)

Cuando niño, la forma de poner una pausa en el juego era a través de la exclamación chepi bola. Tarea de otro descifrar que significa, lo cierto es que ella permitía hacer vanos los esfuerzos de aquel que nos correteaba y ya estaba a punto de alcanzarnos durante el juego de la pega, o evitar que quien nos había descubierto durante las escondidas, llegara antes que nosotros a base. Se deduce que su uso indiscriminado podía teñir de abusivo el juego, así que debía usarse con cuidado, es decir, siempre que se presentara una circunstancia inesperada como, por ejemplo, si al correr a uno se la salía el zapato, o se le torcía el pie o pisaba caca. Es decir, el chepi bola debía estar acompañado de alguna excusa razonablemente aceptable so pena de ser considerado un tramposo.

Como yo soy dueño de la página, no tengo que darme excusas a mí mismo para hacer un paréntesis (mi chepi bola actual). Así que exclamo chepi bola y procedo a hacer una pausa en el orden que me había fijado para el desarrollo de esta página.

Hoy escuchaba en la radio de casos de personas que quedan en estado vegetal y luego se convierten en un drama para la familia que no sabe si es que debe desconectar al ser querido de los aparatos que los mantienen vivos. Y que la recomendación más adecuada es discutir estas cosas previamente para que, llegado el momento, sepan que deben hacer.

En mi caso, para matar dos pájaros de un tiro, deseo manifestar que no quisiera quedar en estado vegetal conectado a tubos que mantuviesen mi cuerpo vivo pero no mi alma. No ver el sol, el mar, no sentir la brisa en mi cara, no escuchar voces de afecto, no ser capaz de recibir y dar amor es no vivir, de modo que mediante estas líneas estoy liberando a quienes deban tomar la decisión, llegado el caso, de la carga emotiva de sentir que están haciendo algo que no va de acuerdo a mi voluntad.

Ahora eso no es todo. Para que mis deseos sean cumplidos del todo, quiero expresar que no es mi deseo quedar encajonado en un nicho. Eso debe llevarlos a suponer que mi opción es la cremación, pero no para que me tengan en casa, como le pasó a mi tía Cata, cuyas cenizas quedaron al cuidado de su sobrina, mi prima Moza hasta que una noche se metieron unos ladrones a su casa y parece que pensaron que la urna donde estaban sus cenizas contendría joyas y, sin darse tiempo para verificar su suposición se la llevaron. Pobre Cata, lo más probable es que la echaran a la basura, la pasaran por el water o algo peor. En todo caso, despues de muerta siguió dando que reir a sus costillas, tal y como ocurría con ella en vida.

Volviendo al punto.

En Lunahuaná existe un mirador. Deseo que mis cenizas sean esparcidas desde ese mirador, una tarde de primavera cuando el sol se comience a ocultar detrás de la inmensa "v" que forman los cerros que enmarcan el valle por el cual discurre el río Cañete.

Cierro el paréntesis.

Tuesday, February 07, 2006

La protagonista de "Del paso al poto"


No es Huampaní, pero aparece la tía Concho, la segunda de la derecha. Yo, entre mi abuela y mi abuelo. Posted by Picasa

Friday, January 20, 2006

Del paso al poto

El primer recuerdo del cual tengo memoria, es uno en el cual me encuentro cargado en brazos de mi tía Lucy, contemplando, asombrado, la piscina del Centro Recreacional Huampaní. Debería de tener en ese entonces, poco más de un año.

Siempre pensé en las razones por las cuales precisamente ése era mi recuerdo primigenio. Debe ser porque pocas experiencias pueden ser más intensas que la de ser llevado tiernamente en los brazos de alguien. La tía Lucy, en mis años de infancia, fue una tía muy querida y muy presente en mi entorno familiar en aquel entonces, pero su carácter estricto generaba ciertos sobresaltos cuando estaba de visita por casa. por otro lado, lo que más recuerdo de Huampaní es la laguna donde echábamos trozos de pan a los patos, más no la piscina, donde creo que íbamos muy pocas veces. De modo que, descartado el personaje y el entorno, no me queda más que el sentimiento para explicar el por qué de su pervivencia en mi memoria.

Huampaní es un lugar que estuvo siempre presente en el escenario familiar, al menos durante los tiempos de infancia. Mis papás pasaron su luna de miel allí. En la década del 60, era casi el único lugar de recreación de la Carretera Central, el resto de lugares estaban más lejos y/o eran clubes privados.

Ibamos de paseo a Huampaní los domingos (en mi recuerdo creo que era todos los domingos) y, además de mis papás y hermanos, nos acompañaban el abuelo Eduardo, la abuela Rosa y la tía Lucy y la tía Concho. Cómo entraríamos en el Volvo de mi papá? Ni idea, en todo caso, mi única preocupación en ese entonces probablemente fue pelearme con mis hermanos por ver quien se sentaba en las faldas del abuelo.

Luego de recorrer por la Carretera Central un camino donde el paisaje era el de los paredeones de adobe que escondían chacras llenas de campos de cultivo, vacas pastando, la ribera del río Rímac y el sol que aparecía radiante a la altura de Ñaña, la proximidad a Huampaní nos era revelada por la visión de una cascada que, a lo lejos, se veía de aguas inmóviles y blancas como la leche. Debí de haber preguntado alguna vez a la tía Concho sobre esa tripa blanca que bajaba desde las alturas de un cerro y la respuesta de ella fue que efectivamente era leche. Le dije entonces que sería bueno ir allá y recoger un poco para llevarla a la casa y ella replicó que era buena idea, pero que no teníamos un balde para recogerla y que la próxima vez que fuéramos, llevaríamos uno. Debieron haber pasado algunos paseos más en los cuales a medio camino me acordaba que habíamos olvidado por enésima vez el bendito balde (ahí estaban los baldes de playa que tan útiles podrían ser para el lechoso propósito), hasta que un generoso día mi memoria se iluminó justo cuando nos embarcábamos en el auto para ir a Huampaní, así que rápidamente le dije - Tía, el balde, la leche!.- Ya me disponía a subir a mi cuarto a toda carrera para traerlo y la tía sapa me dice que ya era tarde, que mejor para la próxima.

Despues de eso, ya no me interesó la leche de Huampaní, sobretodo cuando, algún tiempo despues, supe que era agua.

El viaje no era largo, pero como el reloj biológico del niño corre más rápido, a mí me parecía una eternidad, así que los adultos tenían, forzosamente, que dedicar parte de su tiempo a entretener a los criters. Hoy mis hijos tienen televisor en el auto, juegos electrónicos y demás. En ese entonces, los adultos tenían que recurrir a la palabra, en forma de chiste, cuento, adivinanza, trabalenguas. Sobre estos últimos recuerdo uno que era corto, no tenía sentido en su formulación y que parecía fácil de decir, pero que siempre constituía un reto. El trabalenguas consistía en repetir, la mayor cantidad de veces, la expresion Del pato al pozo, del pozo al pato. Concursábamos todos, grandes y chicos. Bueno pues, le llegó el turno a la tía Concho quien, con espíritu competitivo, primero consideró prudente practicar, repitiendo lentamente del-pa-to-al-po-zo-del-po-zo-al-pa-to, en un esfuerzo por domesticar su lengua a las directivas de su mente. Hizo una breve pausa y comenzó: -Del paso al poto!. Hasta ahí llegó, o si siguió, ya nadie le prestó atención porque todos estaban riendo, incluída la severa tía Lucy que, con sus carcajadas, tácitamente nos dió licencia para festejar la grosería que la tía Concho acababa de decir.

Hoy que reflexiono sobre esta tonta anécdota, considero la posibilidad de que la tía hubiera decidido, de forma deliberada, fallar estrepitosamente y quedar última en el peculiar ranking de esa competencia, pues más valía hacer reir a los demás que quedar primera. Y ello me hace acordar que hace no mucho, jugaba con mi hijo Nicolás este popular juego de cartas que se llama Uno. Nico es muy competitivo y no le gusta perder nunca, aunque con el tiempo ha parendido a dominar sus impulsos. Se me ocurrió en un momento, mientras barajaba las cartas, intercalar las mismas, de modo que, al repartirlas, él tuviese en su mano todas las así denominadas, cartas de ataque. Mientras las repartía, veía como se iban abriendo sus ojos, como se ponía colorado de la excitación de ver qué suerte increible era esa que le dispensaba una mano para la historia de Uno. Nico supo usar bien sus cartas, de modo que me dio una tanda de la que hasta ahora se acuerda y de la que, imagino, nunca se olvidará.

Perdí estrepitosamente en el juego pero gané un espacio en sus recuerdos, así como, hace muchísimos años, la tía Concho en el mío. No fue mal negocio despues de todo, no?

Thursday, January 19, 2006

A manera de introducción

Cual es el propósito de todo esto?

La respuesta tiene que ver, al menos indirectamente, con el hecho de que considero que la Internet puede equipararse, en trascendencia, con la invención de la imprenta, hace mas de cuatro siglos.

Gracias a Guttemberg, la erudicción humana pudo difundirse, al menos entre los eruditos que sabían leer. Esa expansión del conocimiento humano explica los avances logrados por la humanidad en los tiempos posteriores. Pero esto no se trata de que yo me ponga semi-erudito, pontificando sobre cosasáhistóricas. Simplemente quiero hacer notar que hoy todos tenemos la oportunidad de que todos nos lean. Todos tenemos la oportunidad de alimentar esa super-mega-hiper-biblioteca virtual que es la Internet...y sacar pecho por nuestra “creación”.

En mi caso, escribo porque es la forma, creo yo, de perpetuar mis vivencias para que otros, principalmente mis seres queridos, puedan recordar anécdotas, historias, situaciones, problemas, en pocas palabras, la vida que he vivido, pero desde mi ojos.

Hasta hace algunos años, al única forma de perpetuar nuestras vidas seguia siendo la tradición oral, y el único público, los hijos interesados en las historias de los viejos. Claro, estaban las fotos, pero ella son mudas. Despues vino la camarita con la que uno filma a los hijos siempre haciendo lo mismo, pero ésta sólo captura acciones, al menos en la mayoría de los casos, porque cuando uno se pone serio y dice algo importante frente a una de ellas, seguro es porque está dejando su última voluntad (ver la película “Mar adentro” por favor, así me ahorro explicaciones...además que es una muy buena cinta, me lo van a agradecer despues). Bueno pues, ahora tenemos Internet y los blogs, donde se incorporan las tecnologías mencionadas anteriormente, con el añadido cualitativo, que uno puede registrar sus emociones.

Como no soy argollero, me exigiré a mí mismo, de modo que escriba algo que sea interesante de leer y de entretenimiento para los naúfragos que lleguen a las orillas de esta página.

Comencé explicando mi apodo de infancia, para que se pudiera entender el título y porque fue lo primero que me vino a la mente escribir. A partir de aquí, trataré de hacerlo buscando que haya un orden mínimo. Se me ocurre el cronológico, pero dudo que vaya a ser necesariamente así, puesto que ello significaría que no podría avanzar mientras no haya agotado los recuerdos más antiguos. En todo caso, que quede registrado que trataré de que el orden sea cronológico.

Creo que mi vida se divide en algunas etapas claramente diferenciadas. La primera de ellas, abarca desde mi nacimiento hasta que cumplí los 14 años. La segunda, va desde los 14 hasta los 19, y la tercera, desde los 19 hasta el presente. Dicho sea de paso, esta tercera etapa, se encuentra en fase de conclusión.

Dentro de estas grandes etapas, existen sub-etapas, que ya iré desagregando en la medida que vaya avanzando.

No pido disculpas por errores y ediciones, porque como estoy hablando de mi vida, es natural que los haya. Eso sí, me disculpo por errores ortográficos, más aún porque llevo en mis espaldas el peso del prestigio del Colegio Champagnat, que, en 1982, me otorgó el primer premio en un Concurso de Ortografía, de modo que si yo tengo errores de ese tipo, que se podría pensar del resto (eso sí, la falta de acentos pido que la perdonen, porque eso de estar aprentando la tecla ALT a cada rato me da flojera a veces, pero por ustedes haré el esfuerzo).

Dicho esto, comienzo.

Tuesday, January 10, 2006


Yo, cuando era elefante Posted by Picasa

Thursday, December 15, 2005

Memorias de Elefante II

Había dicho que iba a hacer un paréntesis para hablar de mi abuela, a partir de su inclinación por la piel alba, pero creo que por cuestiones de orden, deberé dejarlo para más adelante.

Para terminar con el bendito (y primer apodo), diré que hará cosa de unos siete años, almorzaba con unos amigos de la oficina y en esas charlas ociosas de sobremesa, nos preguntamos acerca del animal con el cual nos identificábamos más, o que, en todo caso, nos gustaría ser, y por qué.

Los animales preferidos fueron algunos felinos de gran tamaño (tigre, león pantera y otros bichos como esos), algunas aves rapaces (águila, halcón, etc.) y mamíferos de mar (delfín). Cuando llegó mi turno dije que me gustaría ser un elefante. La elección no dejó de despertar sorpresas, lo que me obligó a explicarla: dije que era porque tiene orejas grandes. No, esa es broma. Lo que en verdad dije fue que me gustaría ser un elefante porque este es un animal que vive en el medio más salvaje que se pueda imaginar y, sin embargo, es el único que muere de viejo. Además que no tiene que matar a nadie para sobrevivir y que, en términos relativos, es un animal pacífico (aunque hace poquito vi un programa de Discovery Channel sobre elefantes agresivos, que aconsejo no ver para que despues no contradigan mi punto).

A veces pienso que hay algo en la vida de los que nos rodean que va más allá del afecto y amor manifiesto: una ligazón especial, como si ante nuestros seres más queridos fuéramos transparentes sin darnos cuenta, como si los ojos de nuestra alma, en un instante, pudieran ver la vida de ellos en toda su integridad.

Quien me apodaría elefante? No lo se, pero debe de haber sido alguien muy cercano a mí, al punto que con una palabra supo definir mi alma y mi corazón.