Monday, May 29, 2006

Ancón, Ancón, bella bahía, donde dejé mi corazón (Primera parte)

El verano de 1972 fue único. La razón? Mis papás decidieron alquilar una casita en Ancón para pasar allí la temporada veraniega. En aquella época yo tenía seis años y fue la primera vez que pasé un tiempo lejos de mis abuelos y de mi casa de Pueblo Libre.

Ancón en esa época era algo completamente distinto a lo que hoy es. De hecho, era el único balneario de Lima, digno de ser llamado así en aquel entonces. Las playas del sur terminaban en La Herradura, mas allá comenzaba el desierto costero, interrumpido por algunos balnearios constituidos solo por algunas casas, así hasta llegar a Naplo y Pucusana, una caleta de pescadores.

Ancón en cambio, estaba para las ligas mayores. Tenía un malecón enorme, con unas losas con diseños que evocaban las olas del mar (idénticas a las que se pueden ver en algunas calles de Río de Janeiro), una larga fila de edificios con vista al mar, yates y lanchas que rivalizaban en grandiosidad y opulencia (con su Yacht Club incluído). Cada una de las playas (porque no era una sola sino varias) tenía dispensadores de agua para que los veraneantes se limpiaran la arena de los pies cuando terminan su sesión de mar y sol. Tenía estación de ferrocarril (que ya no funcionaba, por cierto), viejas casonas del siglo XIX y una porción de la historia peruana (ahí se firmó el Tratado de Ancón, que puso fin a la infausta Guerra del Pacífico). Había además una iglesia, concurridísima los domingos. Las famosas anconetas, preludio de los taxi-cholos que comenzaron a aparecer en los alrededores de los mercados de Lima a mediados de los noventa, ya circulaban, primorosamente decoradas, por el malecón, paseando a señoronas que, de esa forma, se refrescaban del calor, recibiendo la suave brisa marina. Es más, hasta canción tenía Ancón (que yo sepa, ninguna playa del sur ha superado esta valla, salvo una mención genérica a todos los balnearios del sur, con la canción “Los patos y las patas” de Los Nosequién y los Nosecuantos). No recuerdo el nombre del grupo, pero la letra iba algo así como:

Ancón, Ancón, bella bahía,
donde una vez, me enamore.
Ancón, Ancón, bella bahia,
donde deje, mi corazón.

Por si todo esto no fuera suficiente para marcar la pauta de la enorme distancia del Ancón de los sesentas y comienzos de los setentas, frente a los lugares de veraneo, incluso los actuales, tenía un festival de la canción, similar al de Viña del Mar, en Chile. De hecho, a inicios de la década de los setentas, podría decirse que ambos balnearios estaban en franca competencia, sin que pudiese vislumbrarse cual de los dos terminaría imponiéndose, como el balneario del Pacífico Sur (hoy sabemos quién terminó ganado...).

Como ya mencioné, en aquel entonces yo tenia seis años, de modo que no sabría decir qué edición del Festival de la Canción de Ancón fue la que me tocó presenciar en ese verano del 72. El evento internacional tenía lugar en un anfiteatro que estaba situado próximo a la antigua estación del ferrocarril, colindante con la iglesia, frente al parque Grau (donde los niños mas pequeños paseaban bajo la atenta mirada de sus uniformadas amas, que, a su vez, eran objeto de las atentas miradas de sus pretendientes).

Lo único que recuerdo del festival (al que yo no asistí, no me pregunten por qué, pues yo no manejaba presupuesto propio a esa edad), es haber escuchado, en unos decibeles que en mi vida había escuchado antes, al cantante argentino Rabito, cantando Amarte, amarte una vez más (Soy muy sincero / y joven quizás, / para pedirte / que mires atrás...), mientras que, en plena noche, esquivaba con mi bicicleta a esas sombras ondulantes que a mis ojos representaba la multitud de gente que deambulaba en los alrededores del anfiteatro.

Creo que esa fue la última edición del festival, porque el gobierno del General Velasco, con ese animus jodendi que le tenía a las clases acomodadas, le puso el ojo y el diente a este su balneario (donde no era inusual ver a mozos uniformados llevando aperitivos y bebidas a sus patrones, mientras estos descansaban en la playa) y decretó una política de playas abiertas. La consiguiente marea de gente modesta, que llegaba todos los domingos en caravanas de omnibuses, cargados de ollas, polleras y, sobre todo, de un fuerte sentimiento reivindicativo (es decir, con la frente levantada), fue suficiente para que Ancón comenzara a ser desmantelado paulatinamente por sus hasta entonces exclusivos propietarios. No hay nada que hacer, que Velasco sabía como hacerle la vida de cuadritos a sus enemigos políticos, tanto así que ni después de muerto lo han perdonado.

Yo recuerdo haber sido testigo del choque propiciado por la confluencia en un mismo espacio geográfico de clases sociales que no podían convivir juntas.

Febrero, mes de carnavales, que en el Perú solo sirve para tirar agua a otros sin pedirles permiso. Yo andaba paseando en mi bicicleta, con una indumentaria que no invitaba a desperdiciar globos en tan magro objetivo (a quien se le ocurriría agarrar a globazos a alguien que está en ropa de baño, polo y sayonaras?) y de pronto vi tumulto y gritería. Como buen chismoso precoz, me acerqué y, luego de observar la situación, pude entender de que se trataba: dos muchachitas, de esas que llegaban en ómnibus, estaban paseando en una anconeta cuando, súbitamente, habían sido atacadas con verdadera saña por una turba de chiquillos que, a temprana edad, ya estaban practicando formas de expresar su desprecio por gente que no fuera de su color. Lo peor de todo es que el ataque no había sido de infantería y artillería, sino q4e también había venido desde el aire: algunos globos habían sido lanzados desde lo alto de los edificios, los mismos que, por la velocidad que alcanzaron a causa de la gravedad, ocasionaron algunas contusiones de cuidado. Imagino que al final no pasaría nada, pues la cara de los municipales uniformados, que ya se habían constituido en escena, reflejaba su perplejidad sólo de pensar qué respuesta recibirían al presentarse en el departamento de los padres de estos criters, para acusar su censurable comportamiento (“Oye cholo idiota, anda preocúpate mas bien que tu parentela no deje tiradas las corontas de choclo en la playa, en lugar de venir a fregarme la paciencia! A ver, ahora mismo me das tu numero de identificación, atrevido, para hablar con el alcalde ahora mismo!”).

Ahí me di cuenta que Ancón no era el paraíso para todos los que allí concurrían. Para algunos era un paraíso con los días contados, para otros nunca lo sería. Para mí, simple clasemediero, sí lo fue. Por eso, esos tres meses no se vieron revestidos del manto de angustia que otros niños sentirían, cual contagio de sus mayores, al escucharlos lamentarse acremente que su balneario estaba siendo invadido por serranos; ni tampoco fueron enmarcados por malas experiencias, derivadas de ser maltratado por el color de la piel. Esos tres meses, yo fui Ancón, sólo porque nadie tenía corazón para albergarlo.

En Ancón aprendí a montar bicicleta, requisito obligado para garantizar la diversión, pues ella era el único medio de transporte allí. Sin bicicleta, uno era un simple bípedo en tierra de centauros.

Fue mi hermano Toño, en un arranque de desprendimiento, como si un hipo -de esos que remueven todos los conchos, le hubiera activado sus responsabilidades de hermano mayor, corrió toda una tarde al lado de mi bicicleta, hasta que mi confianza en el dominio del equilibrio en dos ruedas alcanzó niveles de autonomía. A partir de ese momento nadie me detuvo y pude integrarme al grupo conformado por hermanos, primos y amigos, con los cuales íbamos todos los días a la playa y todas las tardes y noches a dar vueltas por todo el malecón, jugando a las escondidas (versión bicicleta) o, simplemente, a dar vueltas.

Tantas bicicletas había en Ancón, que no faltó alguna autoridad municipal que viera allí una mina de oro, así que la idea se materializó en una disposición municipal, por medio de la cual, a partir del verano de 1972, todas las bicicletas del balneario deberían estar registradas (previo pago) y portar su respectiva placa de rodaje (previo pago). Bicicleta no registrada estaría sujeta a embargo inmediato y su propietario, acreedor a una multa. Un grupo de municipales fue encargado de la patriótica tarea de perseguir a los contravinientes de la ley. Como es obvio, la brigada de municipales estaba equipada con bicicletas, con su respectiva placa. Nadie, en el grupo de hermanos, primos y amigos, tenía registro ni placa, de modo que cada paseo por el malecón, era una provocación a la autoridad, la que nos perseguía sin pausa, hasta que nos dispersábamos y huíamos por callejuelas estrechas y poco conocidas, o cruzando por el césped de los parques (añadiendo así una penalidad adicional a nuestra falta de registro, porque estaba expresamente prohibido desplazarse por los jardines, conservados con tanto esfuerzo por la municipalidad), hasta reunirnos nuevamente en la casa, para reir y comentar cómo es que casi nos chaparon y cómo al final salimos victoriosos. Ahora que recuerdo ese temprano gusto por la rebeldía sin motivo ante la autoridad, pienso que la próxima vez que vea en televisión una persecución policial, me tendré que quedar calladito, por no tener autoridad moral para pronunciarme…

Ahora, los paseos en bicicleta no siempre tuvieron final feliz. Aunque nunca fuimos reducidos por la autoridad municipal, si fuimos víctimas de accidentes, producto de choques y caídas.

Dos de ellos recuerdo.

El primero ocurrió una noche en la que yo no había salido, por razones de salud. De pronto se oyó bulla en el primer piso: unas amigas, gorditas bullangueras y chismosillas, llegaron a la casa gritando, casi al borde de la histeria, relatando atropelladamente cómo es que en una curva cerrada del malecón, nuestro grupo se había encontrado frente a frente con otro, cómo es que se había producido un choque mortal, con apilamiento gentes y bicicletas, debajo de la cual había terminado mi hermano Toño, a quien se le había incrustado en la pierna la parte metálica del pedal. Desde el segundo piso lo único que pude saber es que mi papá salió preocupado y apurado y que, al final de cuentas, fuera de que fue cierto que Toño fue el último en ser rescatado de entre los escombros, no hubo sino raspones y contusiones.

El segundo sí fue serio. Si bien el malecón era el lugar privilegiado para nuestros desplazamientos, había ciertas zonas que despertaban nuestra curiosidad. Particularmente, un camino en pendiente, que permitía llegar en auto hasta la parte posterior de las casas y edificios situados en las partes más lejanas del malecón, despertaba nuestra pasión por la velocidad inducida por la gravedad. No íbamos muy seguido porque la preocupación paterna prohibía que circuláramos por zonas de tránsito vehicular. Yo tampoco estuve presente en esa oportunidad, pero me enteré que mi prima Clarita, con bicicleta prestada, había emprendido un descenso endiablado. Una mala maniobra ocasiono pérdida de la estabilidad, nerviosismo y una caída de espanto. Clarita quedó inconsciente, su piel con raspaduras producto del revolcón en el duro pavimento. Años después me enteré que mientras preparaba leche condensada, la lata de leche evaporada sometida a baño maría, estalló, y el líquido hirviente le cayó en el rostro y otras partes del cuerpo. Desde esa época, me hice el firme propósito que con Clarita siempre evitaría compartir tiempo juntos, no fuera a ser que le ocurriera alguna desgracia.

La casa que mis padres alquilaron en ese verano no estaba ubicada en el malecón, sino en las calles adyacentes a la plaza Grau. La arquitectura de esa zona era (es) típica de los barrios de clase media de Lima. En el malecón también había casas de este tipo, ubicadas detrás de los edificios con frente al mar. En la esquina de la cuadra siguiente había una tienda que como bodega era modesta, pero como bar para los pescadores de Ancón era el Olimpo. A veces iba a comprar dulces o galletas allí, y lo que más me llamaba la atención era su su olor a alcohol apelmazado, como si tantos años de consumo de cerveza se hubiera impregnado en las paredes, el piso, las mesas y las sillas, como si el aire de la bodega fuera el mismo de hace veinte años. El aserrín esparcido en el piso del bar (ambiente al que se accedía a través de una puerta de doble hoja, como en las películas del Viejo Oeste) recibía los sobrantes de cerveza de cada vaso y los escupitajos de los parroquianos, que, descalzos y en traje de faena se valían del alcohol para convertir sus magras ganancias del día en la ilusión de un presente que desearían vivir. Por la tarde, salían bamboleantes y congestionados, hipando, los ojos enrojecidos, los labios babeantes y se detenían de rato en rato para discutir con sus demonios, para enfrentar sus frustraciones, para reclamar al circulo vicioso de su embrutecimiento que, parado delante de ellos, se burlaba de saber que al llegar a su casa, le pegaría a su mujer por reclamarle las ganancias del día, maldeciría a sus hijos que llorarían por no tener que comer mientras que él sólo pensaba en dormir, porque al día siguiente, de madrugada, escaparía al mar otra vez, a pescar unas pintadillas, con suerte unos lenguados.

Sólo se calmaban cuando se daban cuenta que los demonios no existían en realidad y que más bien eran un reflejo de ellos mismos, entonces, emprendían de nuevo su camino y cuando se acercaban por nuestra casa, a los gritos de “borracho!, borracho!” escapábamos despavoridos hacia el interior.

Hoy que recuerdo todo esto pienso que siempre he estado en la periferia de todo, incluso desde mi temprana infancia: en la periferia del Yatch Club y en la periferia del bar de los pescadores de Ancón; en la periferia de los exclusivos y lujosos departamentos de los afortunados y en la periferia de las sucias y derruídas casas de los desafortunados. En pocas palabras, en la periferia de la riqueza y de la pobreza.

Gracias a mi situación, he podido alternar con universos diferentes, con bandos enfrentados y que han desarrollado sobre sus opuestos ideas mistificadas, irreales.

Gracias a mi situación, creo que el Perú que conozco tiene más caras que para otros.