Thursday, December 15, 2005

Memorias de Elefante II

Había dicho que iba a hacer un paréntesis para hablar de mi abuela, a partir de su inclinación por la piel alba, pero creo que por cuestiones de orden, deberé dejarlo para más adelante.

Para terminar con el bendito (y primer apodo), diré que hará cosa de unos siete años, almorzaba con unos amigos de la oficina y en esas charlas ociosas de sobremesa, nos preguntamos acerca del animal con el cual nos identificábamos más, o que, en todo caso, nos gustaría ser, y por qué.

Los animales preferidos fueron algunos felinos de gran tamaño (tigre, león pantera y otros bichos como esos), algunas aves rapaces (águila, halcón, etc.) y mamíferos de mar (delfín). Cuando llegó mi turno dije que me gustaría ser un elefante. La elección no dejó de despertar sorpresas, lo que me obligó a explicarla: dije que era porque tiene orejas grandes. No, esa es broma. Lo que en verdad dije fue que me gustaría ser un elefante porque este es un animal que vive en el medio más salvaje que se pueda imaginar y, sin embargo, es el único que muere de viejo. Además que no tiene que matar a nadie para sobrevivir y que, en términos relativos, es un animal pacífico (aunque hace poquito vi un programa de Discovery Channel sobre elefantes agresivos, que aconsejo no ver para que despues no contradigan mi punto).

A veces pienso que hay algo en la vida de los que nos rodean que va más allá del afecto y amor manifiesto: una ligazón especial, como si ante nuestros seres más queridos fuéramos transparentes sin darnos cuenta, como si los ojos de nuestra alma, en un instante, pudieran ver la vida de ellos en toda su integridad.

Quien me apodaría elefante? No lo se, pero debe de haber sido alguien muy cercano a mí, al punto que con una palabra supo definir mi alma y mi corazón.

Wednesday, December 14, 2005

Memorias de Elefante

Me conocían como Elefante porque de niño tenía las orejas muy grandes (afortunadamente, con la edad obtuve independencia para decidir sobre el largo de mi pelo y pude ocultarlas, aunque ya un poco tarde pues, para ese entonces, el resto de mi rostro había adquirido proporcionalidad con ellas...ahora el problema es la nariz, y hasta ahi no puedo dejarme crecer el pelo).

Quien diablos me puso el apodo? Vaya usted a saber, lo que recuerdo es que el más afecto a utilizarlo era el Dr. Asunción Caballero Mendez, un amable médico, comunista militante, que hacía visitas a domicilio a clientes mesocráticos como mi familia. Cada vez que mis hermanos o yo nos enfermábamos de algo, a eso de las 10 de la mañana, la voz del Dr. Caballero Mendez (así, con los dos apellidos juntos) se escuchaba por la escalera, preguntando cual de los animalitos estaba enfermo, si el mono, el conejo o el elefante. El mono era mi hermano Toño (tal vez tendría la cara parecida a uno), el conejo era Lucho (por sus dientazos) y bueno, yo era el elefante por mis apéndices auriculares.

Dentro de casa, el apodo cedió su paso al mas cariñoso de "negro", pues resulta que, entre mis hermanos yo era el más oscuro (por eso es que para Navidad, dejábamos de ser animales y nos convertíamos en los Tres Reyes Magos: el cholo, el blanco y el negro). El cambio no me gustó nadita, pero como con la familia uno no se puede enojar por esas minucias, soporté estoicamente el flanco débil que representaba ser calificado así en una sociedad racista.

En todo caso, con el paso de los años, creo que fue bueno que las cosas fueran así, pues yo mismo me asumí de ese color y, por ende, desarrollé sensibilidad y empatía por quienes son de ese color. En otras palabras, no desarrollé posturas discriminadoras (debo aclarar que mis hermanos tampoco, pues en casa, salvo la abuela, nadie era racista).

Haré un paréntesis para hablar de la abuela, pero eso será luego de que haya recogido a mis hijos del colegio.